jueves, 30 de agosto de 2007

Una página por Roberto Fontanarrosa


Juan Pablo, voy a resignar el honor que me significa acompañar la revista este mes. Lo hago sintiendo que el renunciamiento significará un enorme bien a estas páginas. No soy capaz, no puedo, de escribir con tanto talento, tanto duende, tan bien, nada en la vida y sin otro permiso que mi atrevimiento, quiero que publiques esta página de Julio Guerra hacia el “Negro” Fontanarrosa, que nos roba el luto, haciendo por él lo que el “Negro” hacía: celebridades.

Muchas veces me pregunto, como estos tipos como Julio, pueden ser reales, de carne y hueso, toparse con nosotros, estrecharnos la mano, como si fuéramos similares.

No quiero que esto lo robe la inmediatez de la radio y estoy seguro que realza la presencia de la revista y que estos tipos de impulsos, cargados de cosas comarcanas pero universales, la ayudarán a transitar con holgura estos y otros tiempos.

Permiso Juan Pablo, permiso Julio.

El anochecer Rosarino quitó su sol rojo y roto como una cometa sobre las márgenes del Paraná; fría estaba la arena y una risa litoral se obstinaba entre los árboles, como queriendo quedarse; no es novedad que los barcos atracan con cierta angustia cuando la luz retira sus redes y los pescadores regresan a su oficio.

Perro y hombre sentados en las barrancas aguardaban la noche para sorprender la primera estrella donde suponían podían intuirla, esa primera estrella que pocos advierten porque parece ser que las estrellas solitarias siempre aparecen de improviso y en sus andenes cósmicos casi nunca hay nadie esperándolas.

Del otro lado, los campos entrerrianos se extendían en planicies y soledades.

Perro y hombre miraban desde un mismo silencio, silencio lleno de grillos y de preguntas, poblado de memorias y grises, pese a que algunas desganadas sonrisas iban a visitarlo cada tanto.

A sus espaldas, la ciudad de los lapachos y de los jacarandáes se acentuaba en luces, edificada para las vidas y las muertes de la gran urbe.

Todo parecía vivir su pulso y ritmo natural acostumbrado... y hubiera sido así si aquel hombre no estuviese a la orilla del río... de frente al cielo de la noche.

Con la oscuridad suavizándole las espaldas, a modo de sutil poncho, perro y hombre sintieron la urgencia de conversarse, de semblantearse el alma; estaban como empinados, pero aquella misma espina que los unía iba y estaba tan en lo hondo, tan en lo visceral que los compartía y los conjugaba.

  • ¿Y ahora?.. dijo el hombre – cuyo pelo hirsuto era un revuelo áspero contenido por la vincha -. ¿pá donde vamos?
  • Qué se yo – susurró el animal – además, ir por ir ... no sirve.

Unos dorados brillantes, tallados por la luna, ponían acentos ágiles en las aguas del gran río llamado “Hermano del Mar” y las barrancas emulaban túmulos para el descanso de las arboledas.

Perro y hombre se miraron ante la inminencia de una conversación difícil de iniciar, lacónica.

Hasta que no pudieron más...

El perro se enfundó en un aullido que tenía todo el desamparo de la tierra.

El hombre, sin apelarlo, entró en un llanto brusco, bronco, irreversible, antes de que la angustia le partiera el pecho y de cubrirse el rostro con las manos.

Entonces recién pudo gritar…

  • Neeeeegrooooooooo!!!!! y ahora..... ¿quién nos va a cuidar?

El perro necesitó de toda su fuerza interior para decirlo... no quería ... no podía ... pero sabiendo que sería la última vez y a modo de adiós... lo dijo antes de entristecerse para siempre:

  • ¡Qué lo parió!

Julio Guerra

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